Movimiento maker

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De la ética hacker al movimiento maker

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A fines de los años 50 en MIT funcionaba un club de modelaje de trenes, el Tech Model Railroad Club (TMRC). Los miembros de este club se autoproclamaban ‘hackers’.

El club se dividía en varios grupos que unían el arte y la ciencia a partir del modelaje de trenes. Por un lado se encontraban los más artísticos, encargados de armar los escenarios de los recorridos, encargados de crear un mundo a escala en miniatura (edificios, personas, plantas, entre otros detalles). En cambio, el otro grupo era mucho más técnico, ingenieril, y se dedicaba a trabajar en cómo los trenes operaban. Con el objetivo de mejorar los controles, este grupo de “señales y electricidad” comenzó a indagar sobre cómo ‘hackear’ equipamiento telefónico. Aprovechando algunas computadoras que el MIT recibió por aquella época, estos hackers no tardaron en usarlas para mejorar el control de los trenes, aunque no estuvieran destinadas a eso.

Lejos de aquello con lo que comúnmente se lo asocia, hackear no es violar la seguridad de un sistema informático, sino que es reapropiarse de la tecnología, explorar sus límites y hacer que las cosas funcionen de acuerdo a como nosotros nos lo proponemos, sin perder ni por un momento la noción de que lo que hacemos tiene sentido y es significativo.

Un hacker es, entonces, alguien que hackea, que no se conforma, que se divierte con el ingenio y siempre intenta ir un poquito más allá. Puede haber hackers de cualquier cosa, la condición es que procure garantizar el acceso universal a las herramientas y al conocimiento que utiliza y construye.

Los hackers creen que desarmando las cosas, viendo cómo funcionan y usando ese conocimiento para crear cosas nuevas y más interesantes, es que podemos aprender lecciones fundamentales sobre cómo es el mundo.

Esta perspectiva, esta pasión por entender cómo funcionan las cosas, fue consolidando cierta ‘cultura hacker’, con sus propios lugares, valores, héroes, leyendas y objetivos.

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